[{"Value":"","Discard":false,"Expires":9999999999}] Psicoanalisis Lacan Freud https://psicoanalisislacanfreud.com/ Mon, 27 Jul 2026 23:52:51 +0000 es hourly 1 https://psicoanalisislacanfreud.com/wp-content/uploads/2022/05/cropped-logosolosinfondo-1-32x32.png Psicoanalisis Lacan Freud https://psicoanalisislacanfreud.com/ 32 32 La ética del deseo en la época de la inteligencia artificial https://psicoanalisislacanfreud.com/la-etica-del-psicoanalisis/ https://psicoanalisislacanfreud.com/la-etica-del-psicoanalisis/#respond Mon, 27 Jul 2026 17:42:00 +0000 https://psicoanalisislacanfreud.com/?p=7944 La ética del psicoanálisis y la ética tradicional Lacan hace una diferencia fundamental entre la ética a la que apunta […]

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La ética del psicoanálisis y la ética tradicional

Lacan hace una diferencia fundamental entre la ética a la que apunta el psicoanálisis y la ética tradicional, que es a la que apunta la ciencia, que según Lacan está a favor del “bien común”, del servicio de los bienes, y que conlleva la degradación del deseo.

Lacan hace referencia a la moral de Aristóteles que se funda en un orden ideal, a la “moral del amo, realizada para las virtudes del amo y vinculada con el orden de los poderes. El orden de los poderes para nada debe despreciarse -no son estos comentarios anarquistas- simplemente hay que saber su límite en el campo que se ofrece a nuestra investigación” (Jacques Lacan).

Esta ética tradicional proclama lo siguiente: “Continúen trabajando. Que el trabajo no se detenga. Lo que quiere decir: Que quede bien claro que en caso alguno es una ocasión para manifestar el más mínimo deseo. La moral del poder, del servicio de los bienes, es: En cuanto a los deseos, pueden esperar sentados. Que esperen” (Lacan).

Entonces, según Lacan, tenemos por un lado, la ética del psicoanálisis, guiada por la pregunta ¿Has actuado conforme al deseo que te habita?, considerando que el síntoma enmascara un deseo insatisfecho o inexpresado, que sólo se siente culpable quien cedió en su deseo y que el deseo es lo que nos pone en movimiento. Y por otro lado tenemos a la ética científica, la ética que se guía por los bienes, dejando de lado el deseo, y por lo tanto, provocando la culpa.

Lacan lo dice así con respecto a las ciencias humanas: “Los programas que se diseñan como debiendo ser los de las ciencias humanas no tienen a mi parecer otra función más que la de ser una rama, sin duda ventajosa aunque accesoria, del servicio de los bienes, en otros términos, de los poderes más o menos inestables. Esto entraña, en todos los casos, un desconocimiento no menos sistemático de todos los fenómenos de violencia que muestran que la vía del advenimiento de los bienes en el mundo no anda sobre ruedas”.

El bien común y la ciencia

Recuerdo que hace tiempo se había viralizado un tweet en donde se descalificaba al psicoanálisis en nombre de que no tenía una “evidencia científica”, es decir, no era generalizable su eficacia. ¿La eficacia según qué? El bien común. Ese bien común que exige olvidar el deseo y que “está muy lejos de ponernos a abrigo, no sólo de la culpa, sino de toda suerte de catástrofes interiores. En particular, esto no nos pone ciertamente al abrigo de la neurosis y sus consecuencias”.

En la práctica es necesario preguntar ¿bien para quién?. Sabemos que la psicología considerada científica ha estado a favor del “bien común” de la sociedad y de la moral de la religión, siguiendo los mandatos religiosos y las leyes gubernamentales.

Una de las críticas que suelen mencionar los psicoanalistas es en referencia al conocido Manual de psiquiatría (DSM) que sirve como una gran orientación pero también con cada nueva edición se suman más trastornos, nuevos desvíos de “lo común”, en donde la gran industria farmacéutica tiene una respuesta para cualquier malestar, para todo lo que no encaje con la sociedad.

Desde que nació el psicoanálisis, hace poco más de 120 años, viene siendo apedreado por quienes solo se rigen por la ética del bien común, que muchas veces excluye singularidades.

Es interesante leer los posts que atacan al psicoanálisis ya que en las respuestas suelen surgir casi siempre pacientes explicando lo bien que los hizo la terapia psicoanalítica pero la respuesta inmediata suele ser: “que a vos te haya servido, no quiere decir que le sirva a todos”. Este intento de generalizar todo y la ilusión de que sea posible la generalización, este abandono de la ética del deseo, suele hacerles creer que es sólo una casualidad el hecho de que el psicoanálisis le sirva a tantas personas.

En relación al bien común y a las estadísticas, cuando le preguntan a Lacan sobre “el hombre medio”, responde: “Rechacemos a este hombre medio que, él es solamente una ficción estadística, existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del hombre de la calle, de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en cuarenta años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es? ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?”.

El discurso científico hoy: la inteligencia artificial

Ese hombre medio, que para Lacan no es más que una ficción estadística, es justamente lo que el discurso científico produce y necesita producir. En una entrevista, Lacan lo dice de esta manera:

“Se debe a la existencia de un discurso, que prolifera y que engendra pequeños discursos que nos afectan a todos y a cada uno, a mí también, nos ponen muy incómodos. Por ejemplo, el discurso científico, que es cada vez más inminente, amenazante por su presencia, ¿verdad? Por la idea de que todo eso se va a regir según los términos de la mecánica, la balística, el equilibrio de las corrientes, y luego ya no sabremos cuánto valdrá eso. Pronto sabremos cómo producir tal o cual tipo de persona, que sabrá marchar con todos”.

Hoy esto que dice Lacan resuena más que nunca, porque el discurso científico sigue avanzando. En nuestra época aparecen algoritmos, métricas, prompts, modelos predictivos. Y la inteligencia artificial produce una homogeneización del conocimiento que participa de la ilusión de que el saber puede automatizarse y universalizarse.

Si antes la ciencia apuntaba a encontrar el método correcto para vivir y para crear cierto tipo de personas, hoy vemos desarrollarse todo eso en un nuevo saber homogeneizado y universal puesto en la IA, que puede decirnos cómo pensar, cómo escribir, cómo amar, cómo emprender, cómo ser exitosos, de la mejor forma posible ya que reúne “la mejor información” disponible en internet. O sea, entre millones de experiencias diferentes, nos engañamos de que la IA puede decirnos cuál es la mejor experiencia que debemos vivir. Millones de personas reciben respuestas muy parecidas que suelen tomar como una verdad, creando pensamientos y formas de razonar que se van pareciendo cada vez más entre sí.

Esto hace que el saber que antes se depositaba en las personas, ahora se deposite en una máquina, que se convierte en médico, en psicólogo, en científico, ¡e incluso en una pareja!

¿Y por qué se insiste tanto con recurrir a la IA, aún viendo sus fallas? Porque no hace falta esperar, no hace falta el enigma, no hace falta el encuentro con otro cuerpo: funciona como un Otro que responde inmediatamente a cualquier pregunta. Como consecuencia, cada vez más, se pierde la capacidad de elaborar una pregunta y una respuesta propia para consumir respuestas ya elaboradas, privilegiadas, incluso, por qué no, hegemónicas.

Además hay algo que parece muy palpable, y es el engaño al que lleva la inteligencia artificial, donde se cree que se actúa según el propio deseo, que uno produce lo que quiere, cuando en realidad se está produciendo algo que sigue funcionando para esa ética del bien común, al servicio del poder, al servicio de las grandes empresas tecnológicas.

Hace poco me enteré de que aquellos jugadores de Pokémon Go que salían con la cámara de su celular a juntar pokemones iban, sin saberlo, escaneando cada punto del lugar en el que se encontraban y aportando a nuevas creaciones tecnológicas. Trabajando a cambio de entretenimiento.

Con esa enorme base de datos, de más de 30.000 millones de imágenes, se construyó un modelo geoespacial diseñado para que las inteligencias artificiales comprendan la forma y la estructura tridimensional del mundo real, y un sistema de posicionamiento visual que permite que dispositivos, cámaras y robots se ubiquen en el espacio físico con precisión milimétrica usando solo la vista, sin depender del GPS. Ese mapa se está aplicando hoy en diversas industrias y, a fines de 2025, a través de un acuerdo con una empresa que trabaja para el gobierno de Estados Unidos, quedó ligado a desarrollos de uso militar. (La empresa aclaró que esos datos no fueron entregados directamente, pero sí que sirvieron para entrenar y crear el modelo).

Los discursos que se reproducen en cada época generan determinados modos de subjetividad. La pregunta que queda resonando es ¿Qué tipo de sujeto, qué tipo de subjetividad, produce un discurso que promete tener una respuesta para todo?

Pueden encontrar más sobre la ética del psicoanálisis en el Seminario VII de Jacques Lacan.

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Un país se define por lo que hace con sus pérdidas. https://psicoanalisislacanfreud.com/un-pais-se-define-por-lo-que-hace-con-sus-perdidas/ https://psicoanalisislacanfreud.com/un-pais-se-define-por-lo-que-hace-con-sus-perdidas/#respond Wed, 15 Jul 2026 14:42:12 +0000 https://psicoanalisislacanfreud.com/?p=10630 Lo que vuelve maravilloso a un país no es lo que tiene, sino lo que hizo con sus pérdidas. Argentina […]

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Lo que vuelve maravilloso a un país no es lo que tiene, sino lo que hizo con sus pérdidas.

Argentina nunca fue pasiva frente a las pérdidas ni frente a las injusticias, siempre buscó organizarse, crear, inventar modos de mantener vivo el recuerdo. No solo para honrar a los caídos que dejaron la vida por la patria, sino también para sostener un reclamo abierto por nuestras islas, que con el tiempo se volvieron un trazo que nos marca a todos: un trazo que señala una falta, y a la vez un objetivo común que nace de esa falta.

El sentimiento es fácil de entender aunque uno no sepa nada de historia. Es el mismo que tendrías si alguien de otro país se metiera en la casa que estás construyendo y después te dijera que no podés reclamar nada, porque él eligió vivir ahí: una mezcla de injusticia e impotencia frente al poder del que usurpa. Y sin embargo, de ese dolor Argentina supo hacer también cultura, alegría, creación, rituales: cosas que nacieron para liberar algo de ese peso.

El rito frente al agujero

Toda pérdida abre un abismo, un agujero en lo real, algo que nos desestabiliza, que no podemos nombrar. Un acontecimiento como una guerra provoca lo que Lacan llamaba un “agujero en lo real”, y frente a esto el rito introduce una mediación, una forma de bordear ese agujero. Podemos pensar el ritual del Mundial, que vuelve cada cuatro años, como una de las formas en que una comunidad bordea ese agujero, moviendo todos sus símbolos: himnos, banderas, canciones, recuerdos. No digo que el fútbol venga a cerrar la herida de Malvinas, sino que, entre las muchas cosas que la selección moviliza, también toca este punto de nuestra historia.

Un duelo colectivo

Por eso, cuando un pueblo se une —para cantar por los «soldados caídos», que se incluyen en las canciones de todos los partidos, o incluso en esa hostilidad hacia el rival que aparece en la cancha—, está haciendo, sin saberlo, un duelo colectivo.

Un duelo que se niega al cierre melancólico y transforma el dolor en memoria compartida.

Freud explica que la hostilidad hacia el rival es una satisfacción «relativamente cómoda e inofensiva de la inclinación agresiva», y por eso mismo mantiene más unido al grupo. Y Lacan agrega que el ser humano tramita su agresividad en una «lucha por el prestigio» frente al Otro. El enfrentamiento en el fútbol se vuelve así una manera de darle un lugar en lo simbólico a lo que fue una pérdida real, a la memoria y al honor de los que ya no están.

Duelos que no se cierran

Hay duelos que se cierran, y está bien que se cierren; pero hay otros que, por la violencia o la injusticia de lo que pasó, no se cierran del todo, y no por eso son enfermizos. Por el contrario, se vuelven duelos que permanecen abiertos a propósito, como una herida que queda abierta convocando a aquellos que ya no están, a los que están presentes y a los que van a venir en un futuro en esta patria. Con Malvinas, como con otra serie de pérdidas, hemos inventado modos de tejer frente al vacío y de crear resistencia, reclamo y memoria compartida.

No se trata de quedar atrapados en el rencor, ni de culpar a los ciudadanos ingleses de hoy por decisiones políticas de hace décadas, sino de sostener el reclamo como una memoria que no se rinde, con un discurso insistente y sostenido de lo que nos quitaron.

Mucho más que una guerra

Y sin embargo, el Mundial y la selección son muchísimo más que todo esto. Basta pensar en lo que sucede en cualquier partido: de golpe abrazás a un desconocido, gritás con gente que no vas a volver a ver, y por un rato dejás de estar solo con lo tuyo. En cada partido aparece una bandera de Malvinas, o ese canto que grita justo lo contrario de lo que querríamos ser: «el que no salta es un inglés». Pero esto es sólo una dimensión de lo que representa la selección, porque también está todo lo otro: los recuerdos de nuestros seres queridos, los partidos que vimos juntos, las alegrías y las tristezas compartidas, los modos que fuimos encontrando para tolerar las pérdidas. Y, sobre todo, esa sensación tan linda de que el argentino puede ser cualquier hermano nuestro que vive las cosas más o menos como las vivimos nosotros.


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La ciudad natal: salir, volver y reescribir nuestra historia https://psicoanalisislacanfreud.com/la-ciudad-natal-salir-volver-y-reescribir-nuestra-historia/ https://psicoanalisislacanfreud.com/la-ciudad-natal-salir-volver-y-reescribir-nuestra-historia/#respond Wed, 01 Jul 2026 16:06:17 +0000 https://psicoanalisislacanfreud.com/?p=10625 “…en lo profundo, bajo muchas capas, sigue viviendo en mí el dichoso niño de Freiberg, el primer hijo de una […]

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“…en lo profundo, bajo muchas capas, sigue viviendo en mí el dichoso niño de Freiberg, el primer hijo de una madre joven, niño que de ese aire y de ese suelo recibió las primeras impresiones imborrables”.
— Sigmund Freud, sobre su ciudad natal, en la «Carta al burgomaestre de la ciudad de Príbor» (1931).

Volver a la ciudad donde naciste es reencontrarte con el niño que fuiste. De chicos obtenemos de nuestra ciudad y de su gente las primeras impresiones imborrables. Ese niño interior se armó en un mundo de intercambios —los primeros amigos, las primeras peleas, las primeras decepciones, los primeros amores— y es la base del adulto que hoy somos.

Cada vez que vuelvo a Trenque Lauquen, mi ciudad, me reencuentro con esa amabilidad y con esa manera de tratar a la gente. Recuerdo cuando jugaba en la calle libremente, recuerdo a ese niño que armó comunidad, que formó identificaciones con sus pares, que se mandó cagadas y aprendió, diferentes trazos que marcaron mi forma de ser y percibir la realidad.

Salir es separarse

Volver a la ciudad donde naciste —o salir de ella por un tiempo— me parece una aventura interesante por motivos distintos y complementarios. Si volver es reencontrarse con el niño que fuimos, salir es lo contrario y también necesario: es separarse. Y en psicoanálisis la separación no es una pérdida para lamentar, sino la condición misma del deseo. Es porque nos separamos del Otro —de la familia, del pueblo, de sus miradas y de sus certezas— que podemos ir a buscar lo que ahí no está: otras formas de vivir, otros vínculos, otras maneras de pensar que ni habíamos imaginado.

Cuando me fui a estudiar a Buenos Aires, lo primero que sentí fue la aceleración, lo poco que se saluda la gente, la mala onda de todos los días. Pero con el tiempo entendí que salir también me regalaba algo enorme: me ampliaba el mundo. Cada ciudad nueva, cada persona distinta, cada costumbre que no era la mía, me obligaba a mirar lo propio desde afuera. Es muy difícil resignificar la ciudad natal sin haber salido de ella. Uno vuelve distinto porque, mientras estuvo afuera, se volvió otro. Salir y volver no son opuestos: son los dos tiempos de un mismo movimiento —separarse para, después, poder reencontrarse desde otro lugar.

La palabra que circula

De Trenque se dice que es muy careta, que se juzga mucho, que todos opinan de lo que hacés, que pide una cierta normalidad. Y es cierto —yo mismo me quejo de eso—. Pero esa misma normalidad que a veces se vuelve hostil y limitante, sostiene una amabilidad que recorre mi ciudad desde que nací. Y enseña a esperar: vas a la panadería y el de adelante está comprando mientras charla con el panadero, y tenés que esperar cinco minutos; y cuando te toca a vos, lo más probable es que el panadero también te dé charla. La palabra circula. Y acá está lo interesante: esa palabra que circula tanto puede hacer que uno sienta cierta opresión por las miradas descalificadoras de los demás y la exigencia de normalidad, pero es la misma palabra que, al circular, teje una red que sostiene.

La palabra que aprieta es la misma que sostiene.

Hay gente que se va de la ciudad cansado de esa identidad tan de pueblo que aún resiste en la estructura social de sus ciudadanos, pero a su vez, hay mucha gente que vuelve y encuentra modos de adaptarse y resistir a esa normalidad, enriqueciendo aún más la ciudad.

Ayudar y ser ayudado

Me acuerdo de aquella época de estudiante que después de más de un año sin volver a mi ciudad, un amigo me dijo que me notaba un poco ansioso, pero que a él le había pasado lo mismo al llegar, y que en poco tiempo la tranquilidad del pueblo me iba a contagiar. Y así fue: uno empieza a adaptarse a otro ritmo. De una a cuatro y media de la tarde la gente duerme la siesta o hace deporte, la mayoría no trabaja, y eso solo ya te obliga a organizarte distinto.

A la tardecita, cuando termina la jornada, siempre aparece alguna excusa para tomar mate con los amigos de toda la vida y hacer circular la palabra —y juzgarnos, claro, mientras nos reímos y proponemos soluciones—. Como cuando un amigo tenía unas maderas tiradas en el patio y acababa de adoptar una perra, y entre mate y mate salió la idea de construirle una casita, otra gran excusa para reunirse y charlar mientras hacemos. O cuando la casa que conseguí para alquilar era precaria, y me ayudaron a limpiarla, decorarla y dejarla como nueva. Ayudar y ser ayudado: eso, para mí, es Trenque.

El ritual de las pastas de mi abuelo, todos los domingos desde antes de que yo naciera, me parece una de las cosas más lindas que tiene mi ciudad: más de treinta años de una costumbre que sigue reuniendo a la familia que tenga ganas de venir. La mesa redonda de lo de mis viejos es la misma desde hace veinte años, y seguimos almorzando los mismos —con nuevos integrantes— y con la misma alegría de siempre.

Hay algo más que uno descubre al volver: que la memoria no es un archivo que guardamos solos. Muchos recuerdos no los tengo yo, los tiene el otro. Me siento a tomar mate y alguien dice «¿te acordás aquella vez que…?», y de golpe vuelve una escena entera que yo ni recordaba.

Cada amigo, cada primo, cada vecino guarda un pedazo de mi historia que yo no recuerdo, y solo volviendo a compartir con ellos ese pedazo regresa. Por eso la ciudad natal es también una memoria repartida: una identidad compartida que no está entera en nadie, sino que se arma cada vez que nos volvemos a encontrar.

Lo familiar y lo extraño: heimlich y unheimlich

Freud tenía una palabra para todo esto. Lo que angustia, lo ominoso, lo que vuelve extraño lo familiar, es lo unheimlich. Su opuesto es lo heimlich: lo conocido, lo familiar, lo confiable, eso que produce una cierta calma. La ciudad natal, en el mejor de los casos, es eso. Por eso volver es, para mí, un acto de reconstrucción: reconstruyo y resignifico mi mundo caminando esas calles, cruzándome con personas a las que quiero de toda la vida y con otras que ni recordaba que existían, pero que igual vivían en una parte de mí.

Esa paz y esa calidez que uno encuentra en su ciudad natal tienen que ver con la paz y la calidez que supimos encontrar, en el mejor de los casos, en la infancia. La belleza de una ciudad no es solo lo que se ve: cualquiera puede apreciar lo lindo de un parque o de una plaza. La verdadera belleza aparece cuando esa ciudad dejó marcas en nuestra vida psíquica. No es un objeto estático, sino una historia viva que me sigue transformando cada vez que vuelvo a habitarla.

Reescribir nuestra historia

Y a veces pasa lo contrario: que ni la infancia ni la ciudad natal fueron lindas, que incluso hoy la odiamos. A mí también me pasó de odiar la mía. Pero ahí quedaron grabadas nuestras primeras impresiones, y poder volver a ellas para mirarlas desde otro ángulo es uno de los trabajos más interesantes que existen: reescribir nuestra historia, y la de nuestra ciudad.


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]]> https://psicoanalisislacanfreud.com/la-ciudad-natal-salir-volver-y-reescribir-nuestra-historia/feed/ 0 El mundo en la época de las redes sociales y la inteligencia artificial https://psicoanalisislacanfreud.com/redes-sociales-inteligencia-artificial-psicoanalisis/ https://psicoanalisislacanfreud.com/redes-sociales-inteligencia-artificial-psicoanalisis/#respond Tue, 26 May 2026 23:28:07 +0000 https://psicoanalisislacanfreud.com/?p=10582 Una lectura desde Freud sobre redes sociales, inteligencia artificial y masas digitales No importa lo que se dice. Ni quién […]

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Una lectura desde Freud sobre redes sociales, inteligencia artificial y masas digitales

No importa lo que se dice. Ni quién lo dijo. Ni en qué contexto. Ni siquiera si es verdad. Importa que circule, que sea viral, que llame la atención.

Esa parece ser la lógica que rige cada vez más nuestro consumo de contenidos. Las redes sociales venían bajándole la vara al lector, simplificando todo al máximo, bajo una regla conocida del marketing: que un niño de cinco años pueda entenderlo sin esfuerzo. Con la ola creciente de la IA, ese proceso se acelera y se universaliza. Pensando en la estructura que hay que seguir para viralizar, todos tienden a escribir igual. Y, de a poco, a pensar cada vez más igual.

La pérdida de la referencia

Internet ya había instalado la costumbre de atribuirle cualquier frase a alguien conocido para captar lectores. La IA lleva ese gesto al extremo: ahora ya no importa de quién es lo que se dice, ni si alguna vez lo dijo.

¿Qué hace la IA? Rastrea infinidad de obras y te devuelve una verdad sin importar quién la dijo. A veces cita una bibliografía; muchas veces desestima al autor o lo esconde detrás de un link.

Las referencias como brújula

Desde esta página mi idea siempre fue —y sigue siendo— que cada cita tenga su referencia precisa, para que cualquiera pueda ir a buscar el contexto.

Sin referencias, todo se vuelve artificial. Y lo artificial deja afuera lo más humano: el deseo, la duda, la búsqueda propia. En todos los artículos del sitio van a encontrar fuentes concretas, para que después puedan ir al texto que corresponde, al tema que les interese. Al final, así se hace una investigación.

Esta prioridad absoluta de la viralidad y la atención por sobre el contenido, la autoría y el contexto tiene consecuencias en nuestra subjetividad. Nos sumerge en los procesos mentales más primitivos, regidos por el principio del placer. Al perderse el contexto y la autoría, se vuelve cada vez más difícil decidir si una representación es verdadera o falsa y la cultura cada vez busca menos la verdad y se conforma con la ilusión placentera (la ilusión que le cierra al yo).

Para entender qué le pasa al sujeto cuando entra en esta lógica, conviene volver a un texto de Freud escrito hace más de cien años.

El sujeto en la masa digital

La idea principal de Freud en Psicología de las masas y análisis del yo es que el individuo en la masa no solo se suma a otros, sino que sufre una alteración anímica profunda.

Las redes forman grandes masas. Y cuando uno se funde en esa dinámica de circulación y demanda de atención constante, experimenta, según Freud, una disminución del rendimiento intelectual y una pérdida de autonomía. En la masa digital, el individuo se convierte en un “autómata sin voluntad”, donde los sentimientos se simplifican, se exaltan, no conocen la duda.

Como “no importa quién lo diga”, se anula la capacidad crítica del yo, que en la masa se vuelve crédulo y sensible al poder mágico de las palabras y las fórmulas llamativas, independientemente de su veracidad.

El like como Ideal del yo

Nos fundimos en una comunidad digital porque eso nos permite, junto a muchos otros, poner lo mismo en el lugar de nuestro Ideal del Yo: un influencer, o el algoritmo mismo con su dinámica de demanda de atención que se imponen como exigencias.

Esto es lo que nos hace identificarnos con los otros y perder la capacidad crítica, a la vez que puede permitirnos crear grandes cosas en comunidad.

En la masa digital, no importa la lógica, sino la “magia de las palabras” y de las imágenes que crean ilusiones que funcionan como una anestesia para evitar el encuentro con la realidad y con nuestro discurso interior.

“Las masas nunca conocieron la sed de la verdad. Piden ilusiones, a las que no pueden renunciar. Lo irreal siempre prevalece sobre lo real, lo irreal las influye casi con la misma fuerza que lo real”.
— Sigmund Freud, Psicología de las masas y análisis del yo (1921).

El yo se vuelve dependiente de la confirmación externa: el like, el compartido. Una especie de esclavitud respecto a un un nuevo amo, un ideal externo que nos exige, nos castiga y nos hace sentir culpables .

El narcisismo de las pequeñas diferencias

Una era que premia la viralidad sin contexto facilita, además, que las pulsiones agresivas encuentren un escape bajo el disfraz del chiste o el ataque anónimo. La agresión circula libremente como satisfacción inofensiva del sadismo. Es lo que Freud llamó el narcisismo de las pequeñas diferencias: las masas se mantienen unidas porque tienen a alguien afuera a quien odiar o a quien ponerse en contra para manifestar su agresión. ¿No es así como se construyen, también, las masas que militan en un partido político?

Parece que el mundo va hacia un lugar donde la intimidad, la singularidad y las formas propias de hacer se vuelven cada vez más universales y homogéneas. Desde siempre hay, en nuestra cultura, un discurso que insiste en producir sin parar, sin importar de qué forma ni en qué contexto. La IA parece ser el resultado de esos discursos que insisten en el mundo.

Volver a buscar el contexto, atender a quién dijo qué, sostener la pregunta antes que la conclusión rápida — todo eso son gestos pequeños, anacrónicos, casi a contramano de la vida actual. Pero quizás sean justamente esos gestos los que permiten no disolverse del todo en la masa para no quedar tomados por la homogeneización del pensamiento.

Pero no es lo mismo si lo dijo Lacan o Freud, ni en qué contexto se dijo. Para una transmisión del psicoanálisis, no se pueden obviar las construcciones que cada uno fue armando desde su campo y su momento. Lacan, en las pocas apariciones que hizo en entrevistas dirigidas a no psicoanalistas, no dejaba de citar a Freud. No porque lo que decía Freud fuera “la verdad”, sino porque es necesario tener en cuenta las bases epistemológicas precisas desde las que se parte para construir un saber.

Para cerrar, les comparto esta cita de Lacan: «…el discurso científico que es cada vez más inminente, amenazante por su presencia. Por la idea de que todo se va a regir según los términos de la mecánica, la balística, el equilibrio de las corrientes y luego ya no sabremos cuanto valdrá eso. Pronto sabremos cómo producir tal o cual tipo de persona, que sabrá marchar con todos”. La retomaremos próximamente para ver de qué manera este discurso se opone a lo que la experiencia del sujeto y qué consecuencias produce este conflicto.

(Cita extraída de una clase grabada de Lacan, compartida por Canal Encuentro).


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La ceguera del amor según Freud: por qué idealizamos a quien amamos https://psicoanalisislacanfreud.com/ceguera-del-amor-freud/ https://psicoanalisislacanfreud.com/ceguera-del-amor-freud/#respond Sun, 17 May 2026 14:10:13 +0000 https://psicoanalisislacanfreud.com/?p=10554 Una lectura desde Freud sobre idealización, fantasía e inconsciente “Los numerosos enigmas de la vida amorosa de los adultos sólo […]

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Una lectura desde Freud sobre idealización, fantasía e inconsciente

“Los numerosos enigmas de la vida amorosa de los adultos sólo se solucionan cuando se ponen de relieve los factores infantiles en el amor”.
— Sigmund Freud, El interés por el psicoanálisis (1913).

¿Por qué descubrimos los defectos del otro recién cuando el vínculo termina? ¿Por qué somos capaces de traicionar nuestros propios valores por sostener una relación? Freud ofrece una respuesta: el amor, sobre todo en la etapa del enamoramiento, tiene algo de ceguera porque repite una fantasía que viene de la infancia, y esa ceguera funciona como un mecanismo de defensa.

El amor como reencuentro infantil

El amor nos salva cuando nacemos desamparados: alguien viene a cuidarnos, a darnos atención, a sostenernos. Por eso está atado a la supervivencia, a lo infantil, a lo familiar.

De ahí que la pareja amorosa sea un lugar privilegiado para proyectar nuestra vida inconsciente: para reencontrarnos con algo perdido o frustrado en la infancia e intentar, esta vez, resolverlo y dominarlo.

Por eso en el amor siempre hay algo de ceguera: alimenta la fantasía infantil de completud, de armonía, de salvarnos de la soledad.

La fantasía de completud y el borramiento del yo

En ese afán ciego por recuperar la unión absoluta que alguna vez creímos haber experimentado en el desamparo de la primera infancia, nos fusionamos con la pareja perdiendo la noción de dónde terminamos nosotros y dónde empieza el otro.

Como advirtió Freud:

“En la cima del enamoramiento amenazan desvanecerse los límites entre el yo y el objeto. Contrariando todos los testimonios de los sentidos, el enamorado asevera que yo y tú son uno, y está dispuesto a comportarse como si así fuera”.
— Sigmund Freud, El malestar en la cultura (1930).

Esta fusión extrema con el otro es un mecanismo de defensa que encuentra el psiquismo para negar la separación. Volver a ser “uno solo” con quien amamos nos convence, por un momento, de que el mundo exterior ya no puede lastimarnos.

Cuando el enamoramiento suspende la ética

Para sostener esa fantasía, negamos los defectos del otro y nos aferramos a una imagen idealizada y pura de la persona amada:

“…descuidaría los defectos que pudieran provocar su antipatía, dejaría de verlos, como si estuviera ciego”.
— Sigmund Freud, A propósito de un caso de neurosis obsesiva (“El Hombre de las Ratas”), 1909.

Freud volverá sobre esta idea más de una década después, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), donde explica este fenómeno del enamoramiento como una “sobrestimación sexual”: en el enamoramiento intenso (especialmente cuando es desdichado o inalcanzable) el yo se empobrece, se humilla y se sacrifica a favor del otro. El objeto amado, dice Freud, “ha devorado al yo” y se ha colocado en el lugar de nuestro ideal del yo.

Y a partir de ahí empieza a encontrar similitudes entre el enamoramiento y la hipnosis. En ambos estados hay “sumisión humillada, igual obediencia y falta de crítica”. La persona entrega su iniciativa y su brújula moral a la autoridad del otro: silenciamos al juez interior, empezamos a justificar lo injustificable, a tolerar maltratos, a traicionar nuestros propios valores con tal de no perder la fantasía que esa persona sostiene.

Retener a esa figura que nos salva del desamparo puede volverse, inconscientemente, una cuestión de vida o muerte. Freud dice que incluso se puede cometer un crimen, sin remordimientos, porque el terror a volver a sentir la soledad infantil es mucho más fuerte que la conciencia moral:

“La conciencia moral no se aplica a nada de lo que acontece en favor del objeto; en la ceguera del amor, uno se convierte en criminal sin remordimientos”.
— Sigmund Freud, Psicología de las masas y análisis del yo (1921).

Pero esta ceguera no opera sólo hacia afuera, también nos miente sobre lo que sentimos.

Los sentimientos mienten: el saber lagunoso del amor

En el amor siempre hay algo de ceguera, y esa ceguera puede llevarnos hasta la enfermedad.

“El saber que nuestra conciencia recibe de nuestra vida amorosa puede ser incompleto, lagunoso o falseado con particular facilidad”.
— Sigmund Freud, Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina (1920).

En este texto, Freud resalta el hecho de que los seres humanos pueden atravesar vínculos amorosos importantísimos sin darse cuenta de lo que realmente sienten. Da el ejemplo de personas que terminan una relación creyendo que era algo «superficial» y luego caen en una depresión gravísima, enterándose por la enfermedad de que en verdad estaban completamente enamoradas.

Debido a este autoengaño, según Freud, los escritores y poetas tienen toda la razón cuando describen a personajes que “aman sin saberlo, o que no saben si aman, o creen odiar cuando en verdad aman”.

Esta ceguera no solo nos hace ignorar los defectos del otro, sino que nos miente sobre nuestros propios sentimientos. A veces minimizamos una relación convenciéndonos de que es “superficial” o pasajera, para proteger a nuestro yo del terror a la dependencia y al volver a sufrir por esa dependencia. En este caso, preferimos engañarnos que aceptar que estamos dependiendo del otro, ya que esto implicaría reconocer también nuestra vulnerabilidad extrema frente a una posible pérdida.

Y otras veces ocurre lo contrario: no se puede salir de un vínculo que hace daño, porque inconscientemente esa persona representa la figura que nos salva del desamparo infantil, y soltarla se siente como volver a quedarse solos.

Lo curioso es cuánto falsificamos o maquillamos la realidad para no enfrentarnos a lo que no queremos saber. Y por eso, solemos descubrir lo que el otro significaba para nuestra vida recién cuando el vínculo se rompe y el dolor aparece.

Vale la pena agregar que esta ceguera es, en parte, una ilusión necesaria, una ilusión bonita que nos hace vivir grandes experiencias de vida, así como también puede provocarnos grandes heridas.

Pero no es lo mismo amar con esta ceguera sin saberlo, que amar sabiendo que la fantasía infantil es la que la promueve, y de qué forma singular se despliega esa fantasía infantil en nuestra vida.

Amar es un acto de valentía que implica aceptar esa ceguera y asumir el riesgo de volver a ser aquel niño vulnerable, porque intuimos que una vida blindada contra el dolor es, también, una vida vacía de sentido.

¿Qué hace el psicoanálisis con esta ceguera?

El problema de esta ceguera se produce cuando no es tenida en cuenta y nos lleva a repetir una y otra vez la misma historia, los mismos enojos, los mismos problemas de pareja. Y ese descubrimiento es posible gracias al psicoanálisis que analiza las consecuencias de la actividad del inconsciente, sus articulaciones dentro del consultorio, a través de la palabra.

El análisis no promete curar la ceguera del amor, en tanto es en parte inevitable, y siempre hay un resto donde insiste algo del inconsciente. Lo que el análisis ofrece es poder transformarse a partir de reconocer eso que no queremos ver y condiciona nuestra vida, antes de pagar costos demasiado altos.

No se trata de amar menos, ni de amar de forma totalmente racional y calculada, sino de poder amar sabiendo que estamos amando, y no creyendo que estamos viendo cuando en realidad estamos ciegos. No hay manera de amar sin algo de ceguera, pero sí hay manera de amar sin estar completamente a oscuras.


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Una lectura desde Lacan sobre tecnología, deseo y consumo

Después de pasar horas scrolleando en el celular, muchas personas experimentan una sensación extraña: cansancio mental, vacío o incluso la impresión de haber perdido el tiempo.

Algo que se presenta como entretenimiento termina dejando un resto incómodo: la sensación de haber sido consumidos por aquello que creíamos consumir.

Las “letosas” y los objetos que causan el deseo

En el Seminario 17, Lacan nos advierte sobre un fenómeno de nuestra época: la multiplicación de lo que él llama “letosas”, «esas cosas forjadas enteramente por la ciencia, simplemente esos aparatitos, que ocupan hoy el mismo espacio que nosotros».

Se trata de objetos diseñados específicamente para causar el deseo, y ya en esa época Lacan advertía que “el mundo está cada vez más poblado de letosas”. Estas letosas pueden ser celulares, redes sociales, computadoras, inteligencia artificial, Alexa, entre otros, representan “una verdad formalizada».

La promesa de una verdad que adormece

El peligro reside en que este consumo constante nos trae una verdad ya armada que, lejos de despertarnos, “nos adormece”, porque es una verdad que no exige esfuerzo subjetivo, que se nos ofrece ya masticada a través de los diferentes dispositivos. Además, agrega Lacan, esos objetos están hechos para causar nuestro deseo, “en la medida en que ahora es la ciencia quien lo gobierna”.

Y es que está esa búsqueda incesante por una supuesta verdad que colmaría nuestra falta, una verdad con la que, “si pierden el tiempo esperando, están fritos. En suma, no hay que darle demasiada lata a la letosa”.

Lacan muestra que algo de la verdad es imposible, que es un lugar de paso porque si uno permanece ahí puede enloquecer.

“La verdad es en primer lugar seducción, y para jorobarle a uno. Para no dejarse coger por ella es preciso ser fuerte”.

Todo esto para decir lo que se evidencia en nuestra época: está lleno de aparatos y contenidos que nos seducen con verdades que obturan el lugar del deseo.

“Que uno tenga todo que aprender de la verdad, es un lugar común que condena a cualquiera a perderse en ella”.

Al final del día, tomado por todos estos objetos tecnológicos a los que debe responder, cuando el sujeto se pregunta “¿Por qué me siento una basura?», está poniendo en evidencia su posición en este discurso tecnológico: la de un desecho o un aborto de un sistema que lo consume a él mientras él cree consumir objetos. No por casualidad se dice habitualmente: “cuando el consumo es gratis, vos sos el producto”.

Hay que ser fuerte para no entregarse a la seducción de la verdad tecnológica, para no quedar atrapado por el consumo infinito, ante ese bombardeo de verdades al que estamos expuestos.

El psicoanálisis frente al discurso tecnológico

El psicoanálisis propone otra vía: la de no ceder ante ese adormecimiento al que nos lleva la verdad y rescatar la singularidad del deseo que ninguna pantalla puede colmar. Mientras la ciencia intenta «gobernar» el deseo a través de los aparatos, el analista se sitúa en un lugar distinto: el de causa del deseo. No ofrece verdades masticadas, sino que invita a producir un saber nuevo a partir de lo que insiste.

Mientras la tecnología promete responder a todas nuestras preguntas, el psicoanálisis recuerda que ninguna respuesta podrá eliminar la falta que nos constituye.

* Todas las citas corresponden a Lacan, J., Seminario 17: El reverso del psicoanálisis.


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A veces sentimos que “todavía no hicimos nada” con nuestra vida, pero si miramos con calma, lo que más nos transformó casi nunca fue la meta, sino todo lo que nos pasó en el camino.

Los logros de nuestra vida

El camino es mucho mas interesante que la meta, porque nos enseña muchas más cosas, nos sorprende y nos ayuda a vivir más tranquilos.

Todos los grandes logros de nuestra vida implican atravesar un camino que conlleva una cuota de frustración: desde aprender a caminar, o andar en bicicleta hasta terminar el colegio o graduarse de una carrera. Los grandes logros de la vida se producen a través de procesos que llevan tiempo en donde hay frustración, angustia, sorpresas, alegrías, amores, enojos, duelos, procesos internos, pero que brindan el condimento que requiere toda vida, y que nos ayuda a conocernos siempre un poco más.

La experiencia de recorrer un camino

Muchas personas expresan su anhelo de conseguir ciertas metas, pero les resulta difícil enfocarse en el proceso debido a que ya están pensando en todo lo que falta para lograr la meta o las dificultades por las que van a tener que pasar para llegar a donde quieren llegar. Así, muchas veces llevan una vida en la que enfocan toda su energía en el objetivo pero olvidan el detenerse a vivir y disfrutar el camino que es necesario para llegar a dicha meta.

Por eso están, como dice Freud, los que fracasan cuando triunfan, y se deprimen al lograr la meta, o realizan acciones que perturban el cumplimiento del objetivo. Y es que además, lograr la meta conlleva algún grado de insatisfacción cuando caemos en la cuenta de que ese logro no termina de satisfacernos del todo, y que es necesario ponerse nuevas metas.

(Pueden leer el texto «Los que fracasan al triunfar» para ver la explicación completa de Freud).

Los caminos alternativos de la época actual

En la época actual, acompañada de los avances de las tecnologias, cada vez parece menos importante el camino y se intenta acelarar al máximo posible los procesos para llegar a la meta, y en todos los ámbitos de la vida: duelos que intentan hacerse en 3 días, relaciones afectivas de años que intentan olvidarse rápidamente, angustias y tristezas que intentan ser taponadas de inmediato, cursos para hablar ingles como un nativo en menos de tres meses, pastillas para adelgazar rápidamente, etcétera.

Esta aceleración del camino, acompañado de los discursos predominantes de la actualidad de que hay que ser feliz como sea, que no se puede estar triste, que no hay que tener arrugas, ni pancita, y que va empujando a las personas a la búsqueda de procesos en donde se evita todo tipo de fallas, todo tipo de conflicto o tristeza.

Según Lacan, el superyó de la época nos ordena lo siguiente: ¡Goza!. Y aquellos que no gocen lo más pronto posible, serán castigados con la culpa.
Así, estamos en una época donde se prioriza el gozar constantemente y evitar todo lo que pueda producir malestar. Cuestión que puede observarse también en el amor, como lo explica Silvia Ons en una entrevista en Otra Trama: «El imperativo de la felicidad atenta contra las relaciones. Las parejas duran poco por los imperativos, el imperativo de gozar permanentemente hace que no se tolere ningún tipo de deflación de parte del otro, ninguna frustración. ‘Debo gozar todo el tiempo’, entonces si el otro no me lo permite o el otro no me brinda eso, lo dejo, lo desecho».

La meta de toda vida es la muerte

Podría pensarse también la idea del camino y de la meta desde la óptica de Freud: para Freud la meta de la vida es la muerte, y en ese sentido todo lo que hacemos hasta llegar a la muerte es parte del camino. Por eso, es necesario hacer la experiencia de recorrer y disfrutar el camino, porque cuando lleguemos a la meta, se termina nuestro camino -al menos tal como lo conocemos en el mundo terrenal.


Les comparto a continuación dos citas de Freud de su libro «Más allá del principio de placer«:
-«Si nos es lícito admitir como experiencia sin excepciones que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo.”
-“Contradirían la naturaleza conservadora de las pulsiones el que la meta de la vida fuera un estado nunca alcanzado antes. Ha de ser más bien un estado antiguo, inicial, que lo vivo abandonó una vez y al que aspira a regresar por todos los rodeos de la evolución”.


Tal vez la pregunta no sea sólo qué meta nos falta,
sino qué tipo de camino queremos habitar mientras avanzamos hacia ella.
Porque al final, la meta más radical en algún momento llega. Por eso, lo que hacemos con el camino hace la diferencia.


Muchas veces esa prisa por llegar a la meta tiene una función: no detenerse a pensar por qué elegimos lo que elegimos y por qué hacemos lo que hacemos. Esto es lo que vamos a trabajar en el nuevo curso online sobre el sentido de una vida:
cómo los discursos nos determinan y le dan un sentido inconsciente a nuestra vida, del que nada queremos saber.
Si te interesa este curso hace click aquí para saber más.

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La promesa de libertad puede ser interesante porque, como toda falta, puede llegar a motivar, a movernos, a ir en búsqueda de esa libertad. Pero a la vez, cuando se olvida que la libertad es una ilusión, puede ser problemático.

No es una opción apagar los pensamientos, dejar de pensar, o incluso elegir qué pensar como lo proponen ciertas psicologías que buscan que elijas pensar siempre en positivo, porque si pensás positivo, vibrás positivo, y entonces te llegan cosas buenas. Pero a este tipo de ideas se les olvida que el acto de pensar es mayormente involuntario, inconsciente.

Una cosa es querer pensar positivamente todo el tiempo –un trabajo autoimpuesto que resulta agotador– y otra cosa distinta es poder hacer algo con lo que pulsa en nosotros para experimentar la alegría de vivir, y a su vez, poder vivir con alegría.

Muchas drogas legales e ilegales, así como también libros de autoayuda y propuestas políticas, apuntan a la misma idea: la posibilidad de, por fin, llegar a la libertad tan añorada por todos. El problema es que justamente cuando se elimina la búsqueda de libertad porque uno se cree libre de pensar, también se termina la función de motivación y búsqueda que comentaba al comienzo.

Las promesas de libertad pueden servir para moverse, pero hay que prestar atención de qué libertad se trata, cómo se alcanza esa libertad propuesta y qué efectos tiene.

Es justamente porque la libertad no existe más que como ilusión que cuando alguien nos promete la libertad, nos obliga a pensar de qué libertad se trata. No existe una libertad para todos, ni una libertad completa ni siquiera para uno como “individuo”, ya que también es una ficción el concepto de individuo. No somos sin los otros que nos miran, nos reconocen, nos dan un lugar en la existencia.

Freud y la libertad


Freud advierte en diversas ocasiones sobre el hecho de que no existe una libertad psíquica, ya que estamos condicionados incluso desde antes de nacer, ya que llegamos al mundo con un nombre, con un lugar en el deseo o fantasía de nuestros padres, venimos a una estructura ya armada, con todo un sistema funcionando. Así lo dice Freud:

“Tienen profundamente arraigada una creencia en la libertad psíquica y la arbitrariedad, la cual es totalmente anticientífica y debe rendirse ante la exigencia del determinismo en la ciencia natural”
(Conferencias de introducción al psicoanálisis).

“Es que abrigan en su interior la ilusión de una libertad psíquica y no quieren renunciar a ella. Lamento encontrarme en este punto en la más tajante oposición con ustedes.”

La ironía de Lacan sobre los “librepensadores”

“No conozco librepensadores más que en el Vaticano. Yo no soy un librepensador, estoy obligado a atenerme a lo que digo, pero allá, ¡qué comodidad! ¡Ah! Se entiende que la Revolución Francesa haya sido vehiculada por los curas. Si ustedes supieran qué libertad tienen, amigos míos, les daría escalofríos. (…) El psicoanálisis, para ellos, está superado. Ven ustedes para qué sirve el librepensamiento: ellos ven claro”
(Seminario 19).

Nadie está libre de ideología de algún tipo, de discursos, deseos, ideales de los Otros que nos atraviesan, del sentido que le damos a las cosas. Es decir, nuestro modo de ver el mundo depende de nuestra historia.

Pensamiento crítico en lugar de promesas vacías

Por eso me parece tan interesante el pensamiento crítico, porque invita a cuestionar las ideas establecidas, propias y de los otros. Porque invita a no aceptar pasivamente la promesa de libertad, sino a interrogarla. A preguntarnos para qué y para quién es esa libertad. A entender que lo más interesante no es “ser libres” sino poder hacer algo con lo que nos condiciona, y en ese hacer, abrir un espacio de invención.

En definitiva, la libertad se parece más a una brújula que a un destino. No existe como estado pleno, pero la ilusión de ella nos orienta, nos empuja, nos pone en movimiento. Y si sabemos interrogarla, cuestionarla, entonces esa misma ilusión puede transformarse en un motor de invención.

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