Una lectura desde Freud sobre idealización, fantasía e inconsciente

“Los numerosos enigmas de la vida amorosa de los adultos sólo se solucionan cuando se ponen de relieve los factores infantiles en el amor”.
— Sigmund Freud, El interés por el psicoanálisis (1913).

¿Por qué descubrimos los defectos del otro recién cuando el vínculo termina? ¿Por qué somos capaces de traicionar nuestros propios valores por sostener una relación? Freud ofrece una respuesta: el amor, sobre todo en la etapa del enamoramiento, tiene algo de ceguera porque repite una fantasía que viene de la infancia, y esa ceguera funciona como un mecanismo de defensa.

El amor como reencuentro infantil

El amor nos salva cuando nacemos desamparados: alguien viene a cuidarnos, a darnos atención, a sostenernos. Por eso está atado a la supervivencia, a lo infantil, a lo familiar.

De ahí que la pareja amorosa sea un lugar privilegiado para proyectar nuestra vida inconsciente: para reencontrarnos con algo perdido o frustrado en la infancia e intentar, esta vez, resolverlo y dominarlo.

Por eso en el amor siempre hay algo de ceguera: alimenta la fantasía infantil de completud, de armonía, de salvarnos de la soledad.

La fantasía de completud y el borramiento del yo

En ese afán ciego por recuperar la unión absoluta que alguna vez creímos haber experimentado en el desamparo de la primera infancia, nos fusionamos con la pareja perdiendo la noción de dónde terminamos nosotros y dónde empieza el otro.

Como advirtió Freud:

“En la cima del enamoramiento amenazan desvanecerse los límites entre el yo y el objeto. Contrariando todos los testimonios de los sentidos, el enamorado asevera que yo y tú son uno, y está dispuesto a comportarse como si así fuera”.
— Sigmund Freud, El malestar en la cultura (1930).

Esta fusión extrema con el otro es un mecanismo de defensa que encuentra el psiquismo para negar la separación. Volver a ser “uno solo” con quien amamos nos convence, por un momento, de que el mundo exterior ya no puede lastimarnos.

Cuando el enamoramiento suspende la ética

Para sostener esa fantasía, negamos los defectos del otro y nos aferramos a una imagen idealizada y pura de la persona amada:

“…descuidaría los defectos que pudieran provocar su antipatía, dejaría de verlos, como si estuviera ciego”.
— Sigmund Freud, A propósito de un caso de neurosis obsesiva (“El Hombre de las Ratas”), 1909.

Freud volverá sobre esta idea más de una década después, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), donde explica este fenómeno del enamoramiento como una “sobrestimación sexual”: en el enamoramiento intenso (especialmente cuando es desdichado o inalcanzable) el yo se empobrece, se humilla y se sacrifica a favor del otro. El objeto amado, dice Freud, “ha devorado al yo” y se ha colocado en el lugar de nuestro ideal del yo.

Y a partir de ahí empieza a encontrar similitudes entre el enamoramiento y la hipnosis. En ambos estados hay “sumisión humillada, igual obediencia y falta de crítica”. La persona entrega su iniciativa y su brújula moral a la autoridad del otro: silenciamos al juez interior, empezamos a justificar lo injustificable, a tolerar maltratos, a traicionar nuestros propios valores con tal de no perder la fantasía que esa persona sostiene.

Retener a esa figura que nos salva del desamparo puede volverse, inconscientemente, una cuestión de vida o muerte. Freud dice que incluso se puede cometer un crimen, sin remordimientos, porque el terror a volver a sentir la soledad infantil es mucho más fuerte que la conciencia moral:

“La conciencia moral no se aplica a nada de lo que acontece en favor del objeto; en la ceguera del amor, uno se convierte en criminal sin remordimientos”.
— Sigmund Freud, Psicología de las masas y análisis del yo (1921).

Pero esta ceguera no opera sólo hacia afuera, también nos miente sobre lo que sentimos.

Los sentimientos mienten: el saber lagunoso del amor

En el amor siempre hay algo de ceguera, y esa ceguera puede llevarnos hasta la enfermedad.

“El saber que nuestra conciencia recibe de nuestra vida amorosa puede ser incompleto, lagunoso o falseado con particular facilidad”.
— Sigmund Freud, Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina (1920).

En este texto, Freud resalta el hecho de que los seres humanos pueden atravesar vínculos amorosos importantísimos sin darse cuenta de lo que realmente sienten. Da el ejemplo de personas que terminan una relación creyendo que era algo «superficial» y luego caen en una depresión gravísima, enterándose por la enfermedad de que en verdad estaban completamente enamoradas.

Debido a este autoengaño, según Freud, los escritores y poetas tienen toda la razón cuando describen a personajes que “aman sin saberlo, o que no saben si aman, o creen odiar cuando en verdad aman”.

Esta ceguera no solo nos hace ignorar los defectos del otro, sino que nos miente sobre nuestros propios sentimientos. A veces minimizamos una relación convenciéndonos de que es “superficial” o pasajera, para proteger a nuestro yo del terror a la dependencia y al volver a sufrir por esa dependencia. En este caso, preferimos engañarnos que aceptar que estamos dependiendo del otro, ya que esto implicaría reconocer también nuestra vulnerabilidad extrema frente a una posible pérdida.

Y otras veces ocurre lo contrario: no se puede salir de un vínculo que hace daño, porque inconscientemente esa persona representa la figura que nos salva del desamparo infantil, y soltarla se siente como volver a quedarse solos.

Lo curioso es cuánto falsificamos o maquillamos la realidad para no enfrentarnos a lo que no queremos saber. Y por eso, solemos descubrir lo que el otro significaba para nuestra vida recién cuando el vínculo se rompe y el dolor aparece.

Vale la pena agregar que esta ceguera es, en parte, una ilusión necesaria, una ilusión bonita que nos hace vivir grandes experiencias de vida, así como también puede provocarnos grandes heridas.

Pero no es lo mismo amar con esta ceguera sin saberlo, que amar sabiendo que la fantasía infantil es la que la promueve, y de qué forma singular se despliega esa fantasía infantil en nuestra vida.

Amar es un acto de valentía que implica aceptar esa ceguera y asumir el riesgo de volver a ser aquel niño vulnerable, porque intuimos que una vida blindada contra el dolor es, también, una vida vacía de sentido.

¿Qué hace el psicoanálisis con esta ceguera?

El problema de esta ceguera se produce cuando no es tenida en cuenta y nos lleva a repetir una y otra vez la misma historia, los mismos enojos, los mismos problemas de pareja. Y ese descubrimiento es posible gracias al psicoanálisis que analiza las consecuencias de la actividad del inconsciente, sus articulaciones dentro del consultorio, a través de la palabra.

El análisis no promete curar la ceguera del amor, en tanto es en parte inevitable, y siempre hay un resto donde insiste algo del inconsciente. Lo que el análisis ofrece es poder transformarse a partir de reconocer eso que no queremos ver y condiciona nuestra vida, antes de pagar costos demasiado altos.

No se trata de amar menos, ni de amar de forma totalmente racional y calculada, sino de poder amar sabiendo que estamos amando, y no creyendo que estamos viendo cuando en realidad estamos ciegos. No hay manera de amar sin algo de ceguera, pero sí hay manera de amar sin estar completamente a oscuras.