Nadie nace sabiendo esperar.
Al comienzo de nuestra vida todo es satisfacción inmediata, se busca el placer de forma inmediata y el llanto es una descarga inmediata ante el displacer. Es lo que Freud llamó el principio de placer. Sin embargo, con el pasar de los años, hemos tenido que renunciar a ciertas satisfacciones y a retrasar otras por el amor a los padres, porque la sociedad lo exige, porque sino seriamos castigados (principio de realidad). Así uno va entendiendo la función de la renuncia y de la falta, es posible retrasar el placer para obtener una satisfacción más segura luego, incluso aunque el placer sea menor. Aprendemos entonces que es necesario esperar y hacer ciertas cosas para poder disfrutar después. En la adolescencia aprendemos que es necesario renunciar a ciertos placeres y fantasías para armar el propio camino, es necesario renunciar a la sexualidad infantil y a la posición infantil ligada a nuestros padres para poder vivenciar nuestra propia sexualidad y movernos en el mundo con nuestro deseo.Y en el medio de esa espera, aparece también el aburrimiento. Uno tiene también que aprender a aburrirse y a hacer algo con el aburrimiento, gran motor de la creatividad que se evidencia cuando a los niños se les termina el conocido “tiempo de pantalla” y luego de renegar insistentemente, se aburren y encuentran algo creativo para hacer cuando se les brinda materiales físicos para expresarse.
La espera en la época actual
En nuestra época aparece una gran dificultad para aprender a esperar, es como si el mundo estuviese infantilizado, todo precisa ser ahora, placer inmediato, sin limites, sin espera, sin angustia, sin responsabilidad, sin poder convivir con la propia soledad. Las redes sociales, la pornografía, las drogas, los casinos online nos brindan una dosis continua y elevada de dopamina, de placer constante e inmediato, que termina funcionando como anestesia que no permite dar lugar a la pausa, a la espera, al deseo, a la conexión con el otro.En nuestra época parece que el problema de la espera se hubiera vuelto insoportable y como respuesta intentamos todo el tiempo evitar la experiencia de la espera, ya sea intentando simplificar o eludir un proceso necesario (para duelar, para construir un proyecto, para graduarse, para amar), sea sin parar un momento a disfrutar del tiempo libre, o sin parar para pensar donde estamos parados.
En la época de la tecnología y de las redes sociales, sumado a las presiones de los discursos que nos dicen que hay que consumir todo el tiempo para ser feliz -lo que nos lleva a autoexplotarnos y doparnos para seguir trabajando-, la ansiedad se vuelve generalizada y se busca evitar el displacer u obtener placer de forma inmediata.
Hay discursos publicitarios que se repiten y que muestran cómo en nuestra sociedad está en auge la búsqueda de soluciones inmediatas, sin espera, sin aburrimiento, sin angustia, sin tristeza, sin miedo:
- «Mata la ansiedad en 10 simples pasos.»
- «Olvídate del estrés con esta técnica mágica.»
- «Domina el inglés en solo 3 meses.»
- «Consigue el cuerpo perfecto en 8 semanas.»
- «Elimina la celulitis de forma permanente en 10 sesiones.»
- «Vuelvete millonario en un año.»
- «Aprende a programar en una noche.»
Esperar es difícil, pero es un gran motor creativo de nuestra vida y un medio para vivenciar grandes experiencias. Como dice Freud: “dos tercios de la química consisten en esperar; probablemente sea lo mismo con la vida y lo más agradable de todo es lo que uno se concede en secreto” (Carta de Freud a su novia Martha Bernays, en junio de 1882).
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