Lo que vuelve maravilloso a un país no es lo que tiene, sino lo que hizo con sus pérdidas.

Argentina nunca fue pasiva frente a las pérdidas ni frente a las injusticias, siempre buscó organizarse, crear, inventar modos de mantener vivo el recuerdo. No solo para honrar a los caídos que dejaron la vida por la patria, sino también para sostener un reclamo abierto por nuestras islas, que con el tiempo se volvieron un trazo que nos marca a todos: un trazo que señala una falta, y a la vez un objetivo común que nace de esa falta.

El sentimiento es fácil de entender aunque uno no sepa nada de historia. Es el mismo que tendrías si alguien de otro país se metiera en la casa que estás construyendo y después te dijera que no podés reclamar nada, porque él eligió vivir ahí: una mezcla de injusticia e impotencia frente al poder del que usurpa. Y sin embargo, de ese dolor Argentina supo hacer también cultura, alegría, creación, rituales: cosas que nacieron para liberar algo de ese peso.

El rito frente al agujero

Toda pérdida abre un abismo, un agujero en lo real, algo que nos desestabiliza, que no podemos nombrar. Un acontecimiento como una guerra provoca lo que Lacan llamaba un “agujero en lo real”, y frente a esto el rito introduce una mediación, una forma de bordear ese agujero. Podemos pensar el ritual del Mundial, que vuelve cada cuatro años, como una de las formas en que una comunidad bordea ese agujero, moviendo todos sus símbolos: himnos, banderas, canciones, recuerdos. No digo que el fútbol venga a cerrar la herida de Malvinas, sino que, entre las muchas cosas que la selección moviliza, también toca este punto de nuestra historia.

Un duelo colectivo

Por eso, cuando un pueblo se une —para cantar por los «soldados caídos», que se incluyen en las canciones de todos los partidos, o incluso en esa hostilidad hacia el rival que aparece en la cancha—, está haciendo, sin saberlo, un duelo colectivo.

Un duelo que se niega al cierre melancólico y transforma el dolor en memoria compartida.

Freud explica que la hostilidad hacia el rival es una satisfacción «relativamente cómoda e inofensiva de la inclinación agresiva», y por eso mismo mantiene más unido al grupo. Y Lacan agrega que el ser humano tramita su agresividad en una «lucha por el prestigio» frente al Otro. El enfrentamiento en el fútbol se vuelve así una manera de darle un lugar en lo simbólico a lo que fue una pérdida real, a la memoria y al honor de los que ya no están.

Duelos que no se cierran

Hay duelos que se cierran, y está bien que se cierren; pero hay otros que, por la violencia o la injusticia de lo que pasó, no se cierran del todo, y no por eso son enfermizos. Por el contrario, se vuelven duelos que permanecen abiertos a propósito, como una herida que queda abierta convocando a aquellos que ya no están, a los que están presentes y a los que van a venir en un futuro en esta patria. Con Malvinas, como con otra serie de pérdidas, hemos inventado modos de tejer frente al vacío y de crear resistencia, reclamo y memoria compartida.

No se trata de quedar atrapados en el rencor, ni de culpar a los ciudadanos ingleses de hoy por decisiones políticas de hace décadas, sino de sostener el reclamo como una memoria que no se rinde, con un discurso insistente y sostenido de lo que nos quitaron.

Mucho más que una guerra

Y sin embargo, el Mundial y la selección son muchísimo más que todo esto. Basta pensar en lo que sucede en cualquier partido: de golpe abrazás a un desconocido, gritás con gente que no vas a volver a ver, y por un rato dejás de estar solo con lo tuyo. En cada partido aparece una bandera de Malvinas, o ese canto que grita justo lo contrario de lo que querríamos ser: «el que no salta es un inglés». Pero esto es sólo una dimensión de lo que representa la selección, porque también está todo lo otro: los recuerdos de nuestros seres queridos, los partidos que vimos juntos, las alegrías y las tristezas compartidas, los modos que fuimos encontrando para tolerar las pérdidas. Y, sobre todo, esa sensación tan linda de que el argentino puede ser cualquier hermano nuestro que vive las cosas más o menos como las vivimos nosotros.