“…en lo profundo, bajo muchas capas, sigue viviendo en mí el dichoso niño de Freiberg, el primer hijo de una madre joven, niño que de ese aire y de ese suelo recibió las primeras impresiones imborrables”.
— Sigmund Freud, sobre su ciudad natal, en la «Carta al burgomaestre de la ciudad de Príbor» (1931).

Volver a la ciudad donde naciste es reencontrarte con el niño que fuiste. De chicos obtenemos de nuestra ciudad y de su gente las primeras impresiones imborrables. Ese niño interior se armó en un mundo de intercambios —los primeros amigos, las primeras peleas, las primeras decepciones, los primeros amores— y es la base del adulto que hoy somos.

Cada vez que vuelvo a Trenque Lauquen, mi ciudad, me reencuentro con esa amabilidad y con esa manera de tratar a la gente. Recuerdo cuando jugaba en la calle libremente, recuerdo a ese niño que armó comunidad, que formó identificaciones con sus pares, que se mandó cagadas y aprendió, diferentes trazos que marcaron mi forma de ser y percibir la realidad.

Salir es separarse

Volver a la ciudad donde naciste —o salir de ella por un tiempo— me parece una aventura interesante por motivos distintos y complementarios. Si volver es reencontrarse con el niño que fuimos, salir es lo contrario y también necesario: es separarse. Y en psicoanálisis la separación no es una pérdida para lamentar, sino la condición misma del deseo. Es porque nos separamos del Otro —de la familia, del pueblo, de sus miradas y de sus certezas— que podemos ir a buscar lo que ahí no está: otras formas de vivir, otros vínculos, otras maneras de pensar que ni habíamos imaginado.

Cuando me fui a estudiar a Buenos Aires, lo primero que sentí fue la aceleración, lo poco que se saluda la gente, la mala onda de todos los días. Pero con el tiempo entendí que salir también me regalaba algo enorme: me ampliaba el mundo. Cada ciudad nueva, cada persona distinta, cada costumbre que no era la mía, me obligaba a mirar lo propio desde afuera. Es muy difícil resignificar la ciudad natal sin haber salido de ella. Uno vuelve distinto porque, mientras estuvo afuera, se volvió otro. Salir y volver no son opuestos: son los dos tiempos de un mismo movimiento —separarse para, después, poder reencontrarse desde otro lugar.

La palabra que circula

De Trenque se dice que es muy careta, que se juzga mucho, que todos opinan de lo que hacés, que pide una cierta normalidad. Y es cierto —yo mismo me quejo de eso—. Pero esa misma normalidad que a veces se vuelve hostil y limitante, sostiene una amabilidad que recorre mi ciudad desde que nací. Y enseña a esperar: vas a la panadería y el de adelante está comprando mientras charla con el panadero, y tenés que esperar cinco minutos; y cuando te toca a vos, lo más probable es que el panadero también te dé charla. La palabra circula. Y acá está lo interesante: esa palabra que circula tanto puede hacer que uno sienta cierta opresión por las miradas descalificadoras de los demás y la exigencia de normalidad, pero es la misma palabra que, al circular, teje una red que sostiene.

La palabra que aprieta es la misma que sostiene.

Hay gente que se va de la ciudad cansado de esa identidad tan de pueblo que aún resiste en la estructura social de sus ciudadanos, pero a su vez, hay mucha gente que vuelve y encuentra modos de adaptarse y resistir a esa normalidad, enriqueciendo aún más la ciudad.

Ayudar y ser ayudado

Me acuerdo de aquella época de estudiante que después de más de un año sin volver a mi ciudad, un amigo me dijo que me notaba un poco ansioso, pero que a él le había pasado lo mismo al llegar, y que en poco tiempo la tranquilidad del pueblo me iba a contagiar. Y así fue: uno empieza a adaptarse a otro ritmo. De una a cuatro y media de la tarde la gente duerme la siesta o hace deporte, la mayoría no trabaja, y eso solo ya te obliga a organizarte distinto.

A la tardecita, cuando termina la jornada, siempre aparece alguna excusa para tomar mate con los amigos de toda la vida y hacer circular la palabra —y juzgarnos, claro, mientras nos reímos y proponemos soluciones—. Como cuando un amigo tenía unas maderas tiradas en el patio y acababa de adoptar una perra, y entre mate y mate salió la idea de construirle una casita, otra gran excusa para reunirse y charlar mientras hacemos. O cuando la casa que conseguí para alquilar era precaria, y me ayudaron a limpiarla, decorarla y dejarla como nueva. Ayudar y ser ayudado: eso, para mí, es Trenque.

El ritual de las pastas de mi abuelo, todos los domingos desde antes de que yo naciera, me parece una de las cosas más lindas que tiene mi ciudad: más de treinta años de una costumbre que sigue reuniendo a la familia que tenga ganas de venir. La mesa redonda de lo de mis viejos es la misma desde hace veinte años, y seguimos almorzando los mismos —con nuevos integrantes— y con la misma alegría de siempre.

Hay algo más que uno descubre al volver: que la memoria no es un archivo que guardamos solos. Muchos recuerdos no los tengo yo, los tiene el otro. Me siento a tomar mate y alguien dice «¿te acordás aquella vez que…?», y de golpe vuelve una escena entera que yo ni recordaba.

Cada amigo, cada primo, cada vecino guarda un pedazo de mi historia que yo no recuerdo, y solo volviendo a compartir con ellos ese pedazo regresa. Por eso la ciudad natal es también una memoria repartida: una identidad compartida que no está entera en nadie, sino que se arma cada vez que nos volvemos a encontrar.

Lo familiar y lo extraño: heimlich y unheimlich

Freud tenía una palabra para todo esto. Lo que angustia, lo ominoso, lo que vuelve extraño lo familiar, es lo unheimlich. Su opuesto es lo heimlich: lo conocido, lo familiar, lo confiable, eso que produce una cierta calma. La ciudad natal, en el mejor de los casos, es eso. Por eso volver es, para mí, un acto de reconstrucción: reconstruyo y resignifico mi mundo caminando esas calles, cruzándome con personas a las que quiero de toda la vida y con otras que ni recordaba que existían, pero que igual vivían en una parte de mí.

Esa paz y esa calidez que uno encuentra en su ciudad natal tienen que ver con la paz y la calidez que supimos encontrar, en el mejor de los casos, en la infancia. La belleza de una ciudad no es solo lo que se ve: cualquiera puede apreciar lo lindo de un parque o de una plaza. La verdadera belleza aparece cuando esa ciudad dejó marcas en nuestra vida psíquica. No es un objeto estático, sino una historia viva que me sigue transformando cada vez que vuelvo a habitarla.

Reescribir nuestra historia

Y a veces pasa lo contrario: que ni la infancia ni la ciudad natal fueron lindas, que incluso hoy la odiamos. A mí también me pasó de odiar la mía. Pero ahí quedaron grabadas nuestras primeras impresiones, y poder volver a ellas para mirarlas desde otro ángulo es uno de los trabajos más interesantes que existen: reescribir nuestra historia, y la de nuestra ciudad.