Una lectura desde Freud sobre redes sociales, inteligencia artificial y masas digitales
No importa lo que se dice. Ni quién lo dijo. Ni en qué contexto. Ni siquiera si es verdad. Importa que circule, que sea viral, que llame la atención.
Esa parece ser la lógica que rige cada vez más nuestro consumo de contenidos. Las redes sociales venían bajándole la vara al lector, simplificando todo al máximo, bajo una regla conocida del marketing: que un niño de cinco años pueda entenderlo sin esfuerzo. Con la ola creciente de la IA, ese proceso se acelera y se universaliza. Pensando en la estructura que hay que seguir para viralizar, todos tienden a escribir igual. Y, de a poco, a pensar cada vez más igual.
La pérdida de la referencia
Internet ya había instalado la costumbre de atribuirle cualquier frase a alguien conocido para captar lectores. La IA lleva ese gesto al extremo: ahora ya no importa de quién es lo que se dice, ni si alguna vez lo dijo.
¿Qué hace la IA? Rastrea infinidad de obras y te devuelve una verdad sin importar quién la dijo. A veces cita una bibliografía; muchas veces desestima al autor o lo esconde detrás de un link.
Pero no es lo mismo si lo dijo Lacan o Freud, ni en qué contexto se dijo. Para una transmisión del psicoanálisis, no se pueden obviar las construcciones que cada uno fue armando desde su campo y su momento. Lacan, en las pocas apariciones que hizo en entrevistas dirigidas a no psicoanalistas, no dejaba de citar a Freud. No porque lo que decía Freud fuera “la verdad”, sino porque es necesario tener en cuenta las bases epistemológicas precisas desde las que se parte para construir un saber.
Las referencias como brújula
Desde esta página mi idea siempre fue —y sigue siendo— que cada cita tenga su referencia precisa, para que cualquiera pueda ir a buscar el contexto.
Sin referencias, todo se vuelve artificial. Y lo artificial deja afuera lo más humano: el deseo, la duda, la búsqueda propia. En todos los artículos del sitio van a encontrar fuentes concretas, para que después puedan ir al texto que corresponde, al tema que les interese. Al final, así se hace una investigación.
Esta prioridad absoluta de la viralidad y la atención por sobre el contenido, la autoría y el contexto tiene consecuencias en nuestra subjetividad. Nos sumerge en los procesos mentales más primitivos, regidos por el principio del placer. Al perderse el contexto y la autoría, se vuelve cada vez más difícil decidir si una representación es verdadera o falsa: el resultado es una cultura que ya no busca la verdad, sino la ilusión. Para entender qué le pasa al sujeto cuando entra en esta lógica, conviene volver a un texto de Freud escrito hace más de cien años.
El sujeto en la masa digital
La idea principal de Freud en Psicología de las masas y análisis del yo es que el individuo en la masa no solo se suma a otros, sino que sufre una alteración anímica profunda.
Las redes forman grandes masas. Y cuando uno se funde en esa dinámica de circulación constante, experimenta, según Freud, una disminución del rendimiento intelectual y una pérdida de autonomía. En la masa digital, el individuo se convierte en un “autómata sin voluntad”, donde los sentimientos se simplifican, se exaltan, no conocen la duda.
Como “no importa quién lo diga”, se anula la capacidad crítica del yo, que en la masa se vuelve crédulo y sensible al poder mágico de las palabras y las fórmulas llamativas, independientemente de su veracidad.
El like como Ideal del yo
Nos fundimos en una comunidad digital porque eso nos permite, junto a muchos otros, poner lo mismo en el lugar de nuestro Ideal del Yo: un influencer, o el algoritmo mismo con su dinámica de demanda de atención.
Esto es lo que nos hace identificarnos con los otros y perder la capacidad crítica, a la vez que puede permitirnos crear grandes cosas en comunidad.
En la masa digital, no importa la lógica, sino la “magia de las palabras” y de las imágenes que crean ilusiones que funcionan como una anestesia para no enfrentarnos a la realidad de nuestra vida.
“Las masas nunca conocieron la sed de la verdad. Piden ilusiones, a las que no pueden renunciar. Lo irreal siempre prevalece sobre lo real, lo irreal las influye casi con la misma fuerza que lo real”.
— Sigmund Freud, Psicología de las masas y análisis del yo (1921).
El yo se vuelve dependiente de la confirmación externa: el like, el compartido. Una forma de servidumbre respecto a un ideal externo que empobrece al sujeto.
El narcisismo de las pequeñas diferencias
Una era que premia la viralidad sin contexto facilita, además, que las pulsiones agresivas encuentren un escape bajo el disfraz del chiste o el ataque anónimo. La agresión circula libremente como satisfacción inofensiva del sadismo. Es lo que Freud llamó el narcisismo de las pequeñas diferencias: las masas se mantienen unidas porque tienen a alguien afuera a quien odiar o a quien ponerse en contra para manifestar su agresión. ¿No es así como se construyen, también, las masas que militan en un partido político?
Parece que el mundo va hacia un lugar donde la intimidad, la singularidad y las formas propias de hacer se vuelven cada vez más universales y homogéneas. Desde siempre hay, en nuestra cultura, un discurso que insiste en producir sin parar, sin importar de qué forma ni en qué contexto. La IA es el resultado de esos discursos que insisten en el mundo.
Quizás el algoritmo no sea otra cosa que el resultado del contagio de los sentimientos en una comunidad que, por miedo a la soledad del pensamiento propio, prefiere el goce de entregarse, sin barreras, a sus pasiones colectivas.
Volver a buscar el contexto, atender a quién dijo qué, sostener la pregunta antes que la conclusión rápida — todo eso son gestos pequeños, anacrónicos, casi a contramano. Pero quizás sean justamente los gestos que permiten no disolverse del todo en la masa.
